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¿QUE ES UNA BUENA ESCUELA?

¿QUE ES UNA BUENA ESCUELA?

UNA BUENA ESCUELA ES UNA COMUNIDAD DONDE TODOS TIENEN “SU” LUGAR, Y DONDE HAY VALORES O PRINCIPIOS COMPARTIDOS

Para otros docentes, hablar de una buena escuela es hablar de una institución que permita reconocerse, valorar el propio lugar, la propia voz, y en esa dirección, refieren a sentidos de pertenencia, de identidad, de colectivos de trabajo, y se vinculan con la idea de democracia. Clásicamente, la escuela planteó que para entrar, integrarse y tener éxito en ella, había que dejar “en la puerta” experiencias, lenguajes, creencias y peculiaridades que fundaban la individualidad. Hoy, el conjunto de las respuestas hablan de la importancia de sentirse parte de una comunidad, de que esa comunidad debe hacer espacio para lugares diferenciados, y que debe generar un buen clima de trabajo.

Nos dice la docente Silvia Bello: “Una buena escuela, además, es aquella en la que el diálogo entre los distintos actores institucionales es fluido; una institución donde las cuestiones problemáticas son discutidas por los actores involucrados y no existe únicamente verticalidad en las decisiones”.

Por su parte, Orlando Vicente Guzzo opina: “Me gustaría recomendar una escuela donde los que asistan vayan contentos, que piensen junto a sus pares y docentes, que hagan las cosas porque les gusta, que resuelvan problemas charlando con los demás, que piensen que todos dependemos de todos, que ellos mismos se evalúen y evalúen al docente”.

La importancia de poseer un “buen clima” en la institución no debe ser subestimada, ya que muchos de los conflictos que hoy llevan buena parte de las energías en las escuelas están relacionados con lo que llamamos “lo social” o “lo vincular”. En las escuelas, esos conflictos son abordados como cuestiones de personalidad, y se promueven respuestas psicológicas, pero habría que interrogarse, también, sobre los malestares sociales y culturales de los que hablan esos “malos climas”. ¿En cuántos de esos conflictos no está en juego la crisis de la transmisión? ¿Cómo responder con formas “sólidas” a situaciones “líquidas”? ¿No hablan muchas de esas situaciones de instituciones-cascarón, que siguen haciendo de cuenta que nada cambió? Los aportes de muchos docentes creen que ese malestar puede aminorarse si hacemos de las escuelas lugares más hospitalarios, más alegres, más agradables, donde cada uno pueda expresar “su” voz.

Otra colega, Carina Fedrigo, aporta un sentido diferente: “A mi criterio, una buena escuela debería (…) defender los derechos de los docentes y alumnos, pero que, por encima de eso, medie para que cumplan ambos con sus obligaciones”.

Repensarnos como comunidad implica también repensarnos como institución que tiene autoridades, reglas, leyes, derechos y deberes. Muchos colegas mencionan la necesidad de pensar en una nueva institucionalidad, con otros mecanismos de participación y de evaluación mutua. Es necesario reconstruir instituciones que tengan la capacidad y la legitimidad suficiente para desarrollar políticas para el bien común y, en ese sentido, que ayuden a construir marcos para el largo plazo, para algo más duradero, para sentirnos más protegidos y amparados y no tan “a la intemperie”. Lo que surge de la convocatoria es que las instituciones tienen que fundarse en un orden democrático y apoyarse en el debate público colectivo.

Parece importante reactivar los mecanismos de participación educativa que proponen las leyes, volverlos verdaderos foros públicos donde se debata qué educación queremos, y crear otras formas de gobierno donde fuera necesario, a nivel de las escuelas y de los espacios de gobierno del sistema educativo. Finalmente, varios aportes mencionan la importancia de contar con principios y valores que nos orienten como institución. Y, claro está, no todo son rosas. Algunos señalan que la escuela está inmersa en una “crisis de valores”. Sobre esta difundidísima apreciación (a la que contribuyen muchos medios periodísticos), nos gustaría señalar que no toman en consideración los muy contundentes valores o principios que encierran experiencias que sostienen buenas escolarizaciones para muchos alumnos. Entre ellas, solo para mencionar unos pocos de las muchos existentes, destacaremos las de Mónica Zidarich, Norma Colombato, Laura Vilte, entre otras historias que venimos presentando en este articulo.

Cabe preguntarse, la idea de valores o principios comunes ¿de qué valores habla? ¿Se trata de valores consensuados entre “nosotros los de la escuela”,“nosotros los argentinos” o “nosotros los humanos”? A veces parece, por ejemplo en las alocuciones de los actos escolares, que la escuela solo se tiene a sí misma para defender “los valores” y para definir lo que se considera por tales. ¿Se trata de algunos valores consagrados e inapelables? ¿Cambian los valores y principios junto con las culturas? Este “diagnóstico” de la “crisis de valores” suele darse cuando se habla de nuestros alumnos y sus familias, y parece decir -de un modo no demasiado explícito- que “alumnos eran los de antes”,“familias eran las de antes”, hasta “futuro era el de antes”. Es especialmente llamativa esta idea de que la organización familiar ha variado y eso la pone en crisis, justamente cuando la docencia es una profesión que ha sacado enormes beneficios de la inclusión de la mujer en sus filas. Inclusión, como sabemos, que supuso entrar en un territorio no siempre sencillo y que implicó el reordenamiento de otros roles sociales. Es por esto que resulta llamativo que sea tan extendida esta idea de que las familias “ya no están”, que se asocia a que las mujeres parecen haber dejado un lugar que no deberían haber dejado. Este modo de concebir el problema plantea tensiones y discute los límites de una sociedad que busca consolidarse como democrática, con iguales posibilidades de inclusión para hombres y mujeres, y abierta a la renovación de roles y modelos culturales.

Como se ve, las respuestas que nos enviaron muestran distintas preocupaciones y enfoques. Pero creemos que todas ellas dan elementos para definir mejor de qué (se) trata, o debería tratar, la escuela. La vida en comunidad, los saberes, la institución, la autoridad, la posibilidad de hablar y escuchar, son temas y preocupaciones que organizan los rasgos de una “buena escuela”. Hay orientaciones distintas, énfasis propios, lugares comunes y caminos más originales; pero en conjunto, estas respuestas dan cuenta de un colectivo docente y profesional que está pensando qué tipo de institución necesitamos hoy. Ojalá estas reflexiones, junto con los aportes que incluimos en el dossier, contribuyan a que seamos menos “cascarón” y más “escuela”, una institución que muestre tesoros, que ponga en contacto con otros mundos: los del pasado, los del futuro, los de las ciencias, los de las lenguas, los de los sueños. Al final, como decía un politólogo chileno, “imaginando otros mundos, se acaba por cambiar también a este”.

UNA BUENA ESCUELA ES UNA ESCUELA QUE ENSEÑA

Otro aspecto central que destacan las respuestas es que una buena escuela es una escuela que enseña y que abre posibilidades hacia el futuro, que transmite mucho, “cosas valiosas”, “conocimientos actualizados”, con herramientas adecuadas, con instrumentos que permitan explorar, inventar, descubrir y dar cabida a la creatividad y a la libertad.

Los colegas de un jardín maternal lo decían de este modo: “Una buena escuela debe tener la capacidad de dar al alumno los instrumentos básicos para la cultura y formación integral. Que sus objetivos no sean solo combatir el analfabetismo, sino darle al niño las herramientas necesarias para lograr su realización”.

También nos hablaba de esto Patricia Martel cuando miraba a los alumnos como “una generación que pide a gritos que se le ilumine el camino. (…) es necesario crear espacios para debatir.(…) enseñar a pensar, enseñar a elegir”.

La escuela que deseamos cobra sentido cuando puede mostrar los tesoros, decir a todos:“Esto te pertenece y yo estoy aquí para ayudarte a que forme parte de tu mundo”. Pero, como en el caso anterior, también en torno a la enseñanza se abre una serie de aspectos dilemáticos. El currículum es una selección cultural arbitraria, y por ello mismo deja conocimientos, culturas, tradiciones por fuera de ese conjunto. Esa selección, se sabe, no es neutra en términos sociales o políticos. Aquí hay que tener cuidado de no caer en visiones conspirativas o demonizadas de la historia; no es un solo grupo o sector el que orienta el currículum, sino que este es un mosaico que ha recibido distintas influencias, aunque esas influencias hayan tenido pesos distintos según quiénes las ejercen. Y también se conforma por la inercia de lo que existe, por las tradiciones de los profesores y maestros, por ideas muchas veces difusas sobre lo que debe enseñar la escuela. Lo que queremos destacar es que el currículum es el resultado de una lucha por la hegemonía o dirección cultural de la sociedad, y como tal encierra conflictos, algunos explícitos y otros que han sido silenciados.

Dice Vanesa Saúl:“Una buena escuela es donde se les ofrece a los chicos variedad de temas, información y recursos, para que puedan acceder a la información de diversas maneras. Se “explotan” -en el buen sentido de la palabra- las capacidades e intereses de cada uno de los chicos para que acceden desde distintos puntos y enfoques a una misma temática”.

Hay otra selección que configura lo que se enseña, que se opera en el aula. Y aquí intervienen no pocas tensiones: si el conocimiento tiene que vincularse con características propias de la comunidad de pertenencia, con el ámbito más próximo, con el futuro que esa escuela prefigura para esos chicos, o con definiciones más generales sobre lo que significa “ser educado”10, entre otros aspectos. En esas tensiones, quedan zonas grises, descubiertas, insatisfechas, dado que –como decíamos– el currículum no encierra todo el conocimiento existente sino que selecciona, incluye y, por lo tanto y en el mismo proceso, excluye. Pensar en los sujetos concretos que se tiene “enfrente” en el aula, en la utilidad para su vida, en la capacidad de intersectar con sus experiencias y expectativas, es fundamental. Y en ese sentido esto hace a una escuela más democrática, porque puede mostrar que todos tenemos derecho a ser parte de eso común que transmite la escuela. Pero la tensión entre acercarse a lo próximo e inmediato, y vincularse con lo más universal y generalizable, sigue en pie, y no deja de plantearnos inquietudes. Al respecto, el pedagogo Robert Connell -quien cree que el currículum debe incluir también la voz de los grupos menos visibles- alerta sobre los riesgos de lo que denomina currículos de guetos, en el sentido de currículos separados o diferentes. Por ello, señala que la existencia de un currículum común que se debe ofrecer a todos los alumnos es una cuestión de justicia social. Proponer una escuela que “enseñe mucho” no debería dejar de lado estas preguntas sobre la justicia curricular.

En muchas de las respuestas recibidas, los docentes de distintos lugares del país destacan que, para enseñar mucho y bien, son necesarias adecuadas condiciones edilicias, bibliotecas, laboratorios y otros insumos igualmente indispensables. La cultura material de la escuela es muy importante, porque hace a nuestra relación con el espacio, con los objetos, con lo que estructura nuestra experiencia cotidiana. Y eso no significa sumarse al tren del consumismo, sino más bien mostrar que hay muchos tesoros por transmitir, que hay cosas valiosas, agradables y un espacio protegido en la escuela.

UNA BUENA ESCUELA ES UNA ESCUELA DEMOCRÁTICA

Marta Bertolini nos contestaba acerca de la pregunta “¿Qué es una buena escuela?”: “Considero que si pudiéramos, por lo menos en general, responder entre todos los actores involucrados a esta pregunta, habríamos comenzado a transitar el camino de la verdadera transformación; con esto simplemente estoy marcando la importancia que desde mi punto de vista tiene el tema. (…) Que sea inclusiva, y no expulsora, como es hoy. (…) Que propugne relaciones democráticas: entre los distintos miembros de la comunidad educativa, con el conocimiento, en su organización, etcétera. (y aquí también toca directamente al Sistema)”.

Son muchos los que coinciden en que una buena escuela es una escuela democrática. También surge, de inmediato, que lo que entendemos por democracia son cosas diferentes. Difícilmente podremos aspirar a construir una sociedad justa, de entendimiento colectivo, de distribución equitativa, si la escuela encierra prácticas que no promueven estos modos de convivencia. Muchos, al hablar de democracia, hacen una rápida asociación con el ámbito de los derechos, y ésta sigue siendo una sana vinculación, ya que la educación es un derecho que encierra (y abre, habilita) otros derechos. Por eso, un aspecto que debe ser destacado es que nadie puede tener dentro de la escuela menos derechos que los que posee fuera de ella en tanto ciudadano.

Esto que puede ser considerado una obviedad es, sin embargo, algo que no siempre resulta claro en una institución que tiene como destinatarios más frecuentes a menores y que, por lo tanto, suele poner a los adultos en el terreno de dar por sobreentendido qué es lo mejor para ellos. Sin lugar a dudas, nuestro lugar de adultos-educadores implica una asimetría con los más jóvenes, que cobra sentido debido a nuestra función de velar por brindarles lo mejor, por hacerlo del mejor modo, y por contribuir a abrirles puentes hacia un futuro deseable. Un elemento importante a fin de que la asimetría no se traduzca en desigualdad, es que no se asfixie aquello que los más jóvenes tienen para decir. En este sentido, hace poco tiempo un grupo de docentes relataba que los alumnos demandan que la escuela no sea ni más fácil, ni más permisiva, ni más exigente, ni más parecida a otros ámbitos, sino más justa.

Todos los que “hacemos” la escuela sabemos que la posibilidad de tener derechos en la escuela y fuera de ella no reside solamente en la voluntad interior a la escuela; antes bien, es una responsabilidad colectiva que implica al Estado, al gobierno del sistema educativo, a las familias y también a todos los que concretan la escolaridad cotidianamente. Pero insistir en la idea de democracia, y aún más, vincular la noción de democracia a una clásica y estructural idea de “república” (en el sentido de la cosa pública, de lo común) implica también proteger a los más desfavorecidos, a los que más necesitan el amparo, a los que no pueden solos. Por ello, una idea muy simplificada del igualitarismo no provee las mejores condiciones para fundamentar posiciones más democráticas. No alcanza con proclamar una idea monolítica de igualdad, sino que es necesario construir las condiciones para ella. Las intenciones más democráticas no pueden dejar de considerar que las sociedades son –desde su propio punto de partida– profundamente desiguales, y que el conflicto es inherente a la sociedad misma. La democracia tiene que pensarse más como un movimiento, como una acción que tiende a mejorar las condiciones de participación y de igualdad de todos, y no necesariamente como un punto o sistema fijo.

¿Y LA EDUCACIÓN?

Años atrás existía el convencimiento de muchos padres, e incluso estaba bien visto, que referente a la educación de sus hijos, lo mejor era instalarlos en una buena escuela, en la que recibirían la educación necesaria para su desarrollo personal y posteriormente profesional. La buena escuela, empero, que a veces era sólo cara, dejaba de cumplir las expectativas de los padres cuando empezaba a enviar menos aprobados a los hijos.

Actualmente la situación está cambiando. Nadie niega que existe una extensión y mejora de la calidad de la enseñanza, así como la legitimidad de irla mejorando día a día. Pero sería muy preocupante y altamente negativo, a nuestro entender, que esa generalización de la calidad de la enseñanza implicara la inhibición de los padres ante la responsabilidad fundamental de educar a sus hijos, dimitiendo ante la escuela y delegando a los profesores todo el peso del proceso educativo de nuestros hijos.

No cabe duda que la escuela, desde el nacimiento, ocupa un lugar muy importante en la vida de nuestros hijos, y su educación pasa a ser uno de los factores de preocupación de los padres y madres.

Los padres no pueden inhibirse de lo que sus hijos hacen y aprenden en la escuela

Los padres y madres deben participar activamente y aportar aquellos criterios y opiniones que consideren importantes para su mejora y su actividad. Por estas razones, una de las tareas fundamentales de los padres es, en primer lugar, elegir el centro escolar para sus hijos. El primer paso es saber qué centros escolares hay en el municipio o zona de residencia.

Es conveniente matizar que las normativas que rigen el Sistema Educativo establecen la libertad de los padres y madres a la hora de elegir centro educativo para sus hijos, como uno de sus derechos fundamentales (Constitución).

A continuación ofrecemos una serie de orientaciones que pueden servir para elegir escuela para vuestros hijos e hijas -estas orientaciones son de carácter general, por lo que no se distinguen centros que ofertan uno o los dos ciclos de la Educación Infantil; tampoco están descritas por orden de prioridad, ya que cada familia tiene su propia escala de valores y preferencias. 

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