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LOS CUBANOS FRENTE AL BLOQUEO

por | Feb 12, 2021 | Artículo

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LOS CUBANOS FRENTE AL BLOQUEO
Por Gabriel García Márquez

Aquella noche, la primera del bloqueo, había en Cuba unos 482 560 automóviles, 343 300 refrigeradores, 549 700 receptores de radio, 303 500 televisores, 352 900 planchas eléctricas, 286 400 ventiladores, 41 800 lavadoras automáticas, 3 510 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 barcos mercantes. Todo, salvo los relojes de pulso que eran suizos, había sido hecho en los EE.UU.

Al parecer, había de pasar un cierto tiempo antes de que los cubanos se dieran cuenta de lo que significaban en su vida aquellos números mortales.

Desde el punto de vista de la producción, Cuba se encontró de pronto con que no era una País distinto sino una Península comercial de los EE.UU. Además de que la industria del azúcar y del tabaco dependía por completo de los consorcios yanquis, todo lo que se consumía en la isla era fabricado por ellos, ya fuera en su propio territorio o en Cuba.

LA INDUSTRIA ILUSORIA

La Habana y dos o tres ciudades más del interior deban la impresión de la felicidad, de la abundancia, pero en realidad no había nada que no fuera ajeno, desde los cepillos de dientes hasta los hoteles de veinte pisos de vidrio del Malecón. Cuba importaba de los EE.UU. casi 30 mil artículos útiles e inútiles para la vida cotidiana.

Inclusive los mejores clientes de aquel mercado de ilusiones eran los mismos turistas que llegaban en el Ferry Boat de West Palm Beach y por él Sea Train de Nueva Orleans, pues también ellos preferían comprar sin impuestos los artículos importados de su propia tierra.

Las papayas criollas, que fueron descubiertas en Cuba por Cristóbal Colón desde su primer viaje, se vendían en las tiendas refrigeradoras con la etiqueta amarrilla de los cultivadores de las Bahamas. Los huevos artificiales que las amas de casa despreciaban por su yema lánguida y su sabor de farmacia tenían impreso en la cáscara el sello de la fábrica de los granjeros de Carolina del Norte, pero algunos bodegueros avisados los lavaban con disolvente y embardunaban con caca de gallina para venderlos más caros, como si fueran criollos.

Los técnicos mejor cualificados eran estadounidenses, y la mayoría de los escasos técnicos cubanos cedieron a las ofertas luminosas de sus patrones extranjeros y se fueron con ellos. Tampoco había depósitos de repuestos, pues la industria ilusoria de Cuba repasaba sobre la base de que sus repuestos estaban sólo a 90 millas y, bastaba con una llamada telefónica para que la pieza más difícil llegara en el próximo avión sin gravámenes ni demoras de aduana. 

EL REINO DE LA IMPROVISACIÓN

A pesar de semejante estado de dependencia, los habitantes de las ciudades continuaban gastando sin medida cuando ya el bloqueo era una realidad brutal. Inclusive muchos cubanos que estaban dispuestos a morir por la Revolución, y algunos sin duda que de veras murieron por ella, seguían consumiendo con un alborozo infantil.

Más aún: las primeras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y éstas no tenían entonces otra noción de la felicidad que el placer simple de consumir.

Muchos sueños aplazados durante media vida y aun durante vidas enteras se realizaban de pronto. Sólo que las cosas que se agotaban en el mercado no eran respuestas de inmediato, y algunas no serían respuestas en muchos años, de modo que los almacenes deslumbrantes del mes anterior se quedaban sin remedio en los puros huesos.

Cuba fue por aquellos años iniciales el reino de la improvisación y el desorden. A falta de una nueva moral –que aún habría de tardar mucho tiempo para formarse en la conciencia de la población-, el machismo caribeño había encontrado una razón de ser en aquel estado general de emergencia.

 SEÑALES DE GUERRA

La impresión de pachanga fenomenal que suscitaba la Cuba de aquella época entre los visitantes extranjeros, tenía un fundamento verídico en la realidad y en el espíritu de los cubanos, pero era una embriaguez inocente al borde del desastre.

En efecto, yo había regresado a la Habana por segunda vez a principios de 1961, en mi condición de corresponsal errátil de Prensa Latina, y lo primero que me llamó la atención fue que el aspecto visible del país había cambiado muy poco, pero que en cambio la tensión social empezaba a ser insostenible.

Había volado desde Santiago hasta la Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra.

Grandes cruces rojas dentro de círculos blancos habían sido pintadas en los techos de los hospitales para ponerlos a salvo de bombardeos previsibles. También en las escuelas, los templos y los asilos de ancianos se habían puesto señales similares.

En los aeropuertos civiles de Santiago y Camagüey había cañones antiaéreos de la II Guerra Mundial disimulados con lonas de camiones de carga, y las costas estaban patrulladas por lanchas rápidas que habían sido de recreo y entonces destinadas a impedir desembarcos.

Por todas partes se veían estragos de sabotajes recientes: cañavaleros calcinados con bombas incendiarias por aviones mandados desde Miami, ruinas de fábricas dinamitadas por la resistencia interna, campamentos militares improvisados en zonas difíciles donde empezaban a operar con armamentos modernos y excelentes recuerdos logísticos los primeros grupos hostiles a la Revolución.

“PATRIA O MUERTE” 

En el aeropuerto de La Habana donde era evidente que se hacían esfuerzos para que no se notara en el ambiente de guerra, había un letrero gigantesco de un extremo a otro de la cornisa principal: “Cuba, territorio libre de América”.

En lugar de los soldados barbudos de antes, la vigilancia estaba a cargo de milicianos muy jóvenes con uniforme verde olivo, entre ellos algunas mujeres, y sus armas eran todavía las de los viejos arsenales de la dictadura. Hasta entonces no había otras.

El primer armamento moderno que logró comprar la Revolución –a pesar de las presiones contrarias de los EE.UU.- había llegado de Bélgica el 4 de marzo anterior, a bordo del barco francés Le Coubre, y éste voló en el muelle de la Habana con 700 toneladas de armas y municiones en las bodegas por causa de una explosión provocada.

El atentado produjo además 75 muertos y 200 heridos entre los obreros del puerto, pero no fue reivindicado por nadie y el gobierno cubano los atribuyó a la CIA. Fue en el entierro de las victimas cuando Fidel Castro proclamó la consigna que habría de convertirse en la divisa máxima de la nueva Cuba: “Patria o Muerte”.

Yo la había visto por primera vez en las calles de Santiago, pintada a brocha gorda sobre los enormes carteles de propaganda de empresas de aviación y pastas dentífricas norteamericanas en la carretera polvorienta del aeropuerto de Camagüey, y la volví a encontrar repetida sin tregua en cartoncitos improvisados en las vitrinas de las tiendas para turistas del aeropuerto de la Habana, en las antesalas y los mostradores, y pintada con albayalde en los espejos de la peluquería y con carmín de labios en los cristales de los taxis.

LA CONDUCTA DE LA GENTE

En la Habana la fiesta estaba en su apogeo. Había mujeres espléndidas que cantaban en los balcones, pájaros luminosos en el mar, música por todas partes, pero en el fondo del júbilo se sentía el conflicto creador de un modo de vivir ya condenado para siempre, que pugnaban por prevalecer contra otro modo de vivir distinto, todavía ingenuo, pero inspirado y demoledor.

La ciudad seguía siendo un santuario de placer, con máquinas de lotería hasta en las farmacias y automóviles de aluminio demasiado grandes por las esquinas coloniales, pero el aspecto y la conducta de la gente estaba cambiando de un modo brutal.

Todos los sedimentos del subsuelo social habían salido a flote, y una erupción de lava humana, densa y humeante, se esparcía sin control por los vericuetos de la ciudad liberada, y contaminaba de un vértigo multitudinario hasta sus últimos resquicios.

Lo más notable era la naturalidad con que los pobres se habían sentado en las sillas de los ricos en los lugares públicos. Habían invadido los vestíbulos de los hoteles de lujo, comían con los dedos en las terrazas de las cafeterías del Vedado, y se cocinaban al sol en las piscinas de aguas de colores luminosos de los antiguos clubes exclusivos de Siboney.

El cancerbero rubio del hotel Habana Hilton, que empezaba a llamarse Habana Libre, había sido reemplazado por milicianos serviciales que se pasaban el día convenciendo a los campesinos de que podían entrar sin temor, enseñándoles que había una puerta de ingreso y otra de salida, y que no se corría ningún riesgo de tisis aunque se entrara sudando en el vestíbulo refrigerado.

PARA TODO EL MUNDO

Las tarifas de electricidad, del teléfono, del transporte y de los servicios públicos en general se habían reducido a niveles humanitarios. Los precios de los hoteles y de los restaurantes, así como los de los transportes, habían sufrido reducciones drásticas, y se organizaban excursiones especiales del campo a la ciudad y de la ciudad al campo, que en muchos casos eran gratuitos.

Por otra parte, el desempleo se estaba reduciendo a grandes pasos, los sueldos subían, la Reforma Urbana había aliviado la angustia mensual de los alquileres, y la educación y los útiles escolares no costaban nada. Las 20 leguas de harina de marfil de las playas de Varadero, que antes tenía un solo dueño y cuyo disfrute estaba reservado a los ricos demasiado ricos, fueron abiertas sin condiciones para todo el mundo, inclusive para los mismos ricos. 

UN MERCADO NEGRO INCIPIENTE

Creo que muy pocos éramos conscientes de la manera sigilosa pero irreparable en que la escasez se nos iba metiendo en la vida. Aún después del desembarco en Playa Girón los casinos continuaban abiertos, y algunas putitas sin turistas rodaban los contornos en espera de que un afortunado casual de la ruleta les salvara la noche. Era evidente que a medida que las condiciones cambiaban, aquellas golondrinas solitarias se iban volviendo lúgubres y cada vez más baratas.

ero de todos modos las noches de la Habana y de Guantánamo seguían siendo largas e insomnes, y la música de las fiestas de alquiler se prolongaba hasta el alba. Esos rezagos de la vieja vida mantenían una ilusión de normalidad y abundancia que ni las explosiones nocturnas, ni los rumores constantes de agresiones infames, ni la inminencia real de la guerra conseguían extinguir, pero que desde hacía mucho tiempo habían dejado de ser verdad.
A veces no había carne en los restaurantes después de la medianoche, pero no nos importaba, porque tal vez había pollo. A veces no había plátano, pero no nos importaba porque tal vez había boniato.

En el centro comercial habían aparecido las primeras colas y un mercado negro incipiente pero muy activo empezaba a controlar los artículos industriales, pero no se pensaba muy enserio que eso sucediera porque faltaran cosas, sino todo lo contrario, porque sobraba el dinero. Por esa época, alguien necesitó una aspirina después del cine y no la encontramos en tres farmacias. La encontramos en la cuarta, y el boticario nos explicó sin alarma que la aspirina estaba escasa desde hacía tres meses. La verdad es que no sólo la aspirina, sino muchas cosas esenciales estaban escasas desde antes, pero nadie parecía pensar que se acabarían por completo. Casi un año después de que los EE.UU. decretaran el embargo total de del comercio de Cuba, la vida seguía sin cambios muy notables, no tanto en la realidad como en el espíritu de la gente.

“A ESTE PAÍS SE LO LLEVÓ AL CARAJO”

Yo tomé conciencia del bloqueo de una manera brutal, pero a la vez un poco lírica, como había tomado conciencia de casi todo en la vida. Después de una noche de trabajo en la oficina de Prensa Latina me fui solo y medio entorpecido en busca de algo para comer.

Estaba amaneciendo. El mar tenía un humor tranquilo y una brecha anaranjada lo separaba del cielo en el horizonte. Caminé por el centro de la avenida desierta, contra el viento de salitre del malecón, buscando algún lugar abierto para comer bajo las arcadas de piedras carcomidas y rezumantes de la ciudad vieja. Por fin encontré una fonda con la cortina metálica cerrada pero sin candado, y traté de levantarla para entrar, porque dentro había luz y un hombre estaba lustrando los vasos en el mostrador. Apenas lo había intentado cuando sentí a mis espaldas el ruido inconfundible de un fusil al ser montado, y una voz de mujer muy dulce pero resuelta.
-Quieto compañero –dijo-. Levanta las manos.

Era una aparición en la bruma del amanecer. Tenía un semblante muy bello, con el pelo amarrado a la nuca ensopada por el viento del mar. Estaba asustada, sin duda, pero tenía los tacones separados y bien establecidos en la tierra, y agarraba el fusil como un soldado.
-Tengo hambre- dije.

Tal vez lo dije con demasiada convicción porque sólo entonces comprendió que yo no había tratado de entrar a la fonda a la fuerza, y su desconfianza se convirtió en lastima.
-Es muy tarde- dijo.

Al contrario- le repliqué-; el problema es que es demasiado temprano. Lo que quiero es desayunar.

Entonces hizo señas hacia dentro por el cristal y convenció al hombre de que me sirviera algo aunque faltaban dos horas para abrir.

Pedí huevos fritos con jamón, café con leche y pan con mantequilla y un jugo fresco de cualquier fruta. El hombre me dijo con una precisión sospechosa que no había huevos ni jamón desde hacía una semana ni leche desde hacía tres días, y que lo único que podía servirme era una taza de café negro y pan sin mantequilla, y si acaso un poco de macarrones recalentados de la noche anterior. Sorprendido, le pregunte qué estaba pasando con las cosas de comer, y mi sorpresa era tan inocente que entonces fue él quien se sintió sorprendido.

-No pasa nada- me dijo-. Nada más que a este país se lo llevó el carajo.

No era enemigo de la Revolución como lo imaginé al principio. Al contrario: era el último de una familia de once personas que habían fugado en bloque para Miami. Había decidido quedarse. Y en efecto se quedó para siempre, pero su oficio le permitía descifrar el porvenir con elementos más reales que los de un periodista trasnochado. Pensaba que antes de tres meses tendría que cerrar la fonda por falta de comida, pero no le importaba mucho porque ya tenía planes muy bien definidos para su futuro personal.

RACIONAMIENTO Y GUERRA FRIA.

Fue un pronóstico certero. El 12 de marzo de 1962, cuando ya había transcurrido 322 días desde el principio del bloqueo, se impuso el racionamiento drástico de la comida.

Se asignó a cada adulto una ración mensual de tres libras de carne, una de pescado, una de pollo, seis de arroz, dos de manteca, una y media de frijoles, cuatro onzas de mantequilla y cinco huevos. Era una ración calculada para que cada cubano consumiera una cuota normal de calorías diarias. Había raciones especiales para los niños, según la edad, y todos los menores de 14 años tenían derecho a un litro diario de leche.

Lo más admirable era comprobar hasta qué punto aquella escasez impuesta por el enemigo iba acendrando la moral social. El mismo año en que se estableció el racionamiento ocurrió la llamada Crisis de Octubre, que el historiador inglés Hugh Thomas ha calificado como “la más grave de la historia de la humanidad”, y la inmensa mayoría del pueblo cubano se mantuvo en estado de alerta durante un me, inmóviles en sus sitios de combate hasta que el peligro pareció conjurado, y dispuestos a enfrentarse a la bomba atómica con escopetas.

En medio de aquella movilización masiva, que hubiera bastado para desquiciar a cualquier economía bien asentada, la producción industrial alcanzó cifras insólitas, se terminó el absentismo en las fábricas y se sortearon obstáculos que en circunstancias menos dramáticas hubieran sido fatales-

Una telefonista de Nueva York le dijo en esa ocasión a una colega cubana que en los EE.UU. estaban muy preocupados por lo que pudiera ocurrir.

-En cambio aquí estamos muy tranquilos- le replicó la cubana.-. Al fin y al cabo, la bomba atómica no duele. 

NAVIDAD REVOLUCIONARIA.

El país producía entonces suficientes zapatos para que cada habitante de Cuba pudiera comprar un par al año, de modo que la distribución se canalizó a través de los colegios y los centros de trabajo.

Sólo en agosto de 1963, cuando ya casi todos los almacenes estaban cerrados porque no había materialmente nada que vender, se reglamentó la distribución de la ropa. Empezaron por racionar nueve artículos, entre ellos los pantalones de hombre, la ropa interior para ambos sexos y ciertos géneros textiles, pero antes de un año tuvieron que aumentarlos a quince.

Aquella Navidad fue la primera de la Revolución que se celebró sin cochinito y turrones, y en que los juguetes fueron racionados. Sin embargo, y gracias precisamente al racionamiento, fue también la primera Navidad en la historia de Cuba en que todos los niños, sin ninguna distinción, tuvieron por lo menos un juguete.

A pesar de la intensa ayuda soviética y de la ayuda de China Popular que no era menos generosa en aquel tiempo, y a pesar de la asistencia de numerosos técnicos socialistas y de la América Latina, el bloqueo era entonces una realidad ineludible que había de contaminar hasta las grietas más recónditas de la vida cotidiana y apresurar los nuevos rumbos irreversibles de la historia de Cuba.

ESPIONAJE Y COMUNICACIÓN LIMITADA.

Las pocas líneas de América Latina que tenían vuelos a Cuba, los fueron cancelando a medida que sus países interrumpían las relaciones diplomáticas y comerciales, y sólo quedó un vuelo semanal desde México que durante muchos años sirvió de cordón umbilical con el resto de América, aunque también como canal de infiltración de los servicios de subversión y espionaje de los EE.UU.

Cubana de Aviación, con su flota reducida a los épicos Bristol Britannia que eran los únicos cuyo mantenimiento podían asegurar mediante acuerdos especiales con los fabricantes ingleses, sostuvo un vuelo casi acrobático a través de la ruta polar hasta Praga.

La comunicación telefónica con el resto del mundo tenía que hacerse por Miami o Nueva York, bajo el control de los servicios secretos de los EE.UU., mediante un prehistórico cable submarino que fue roto en una ocasión por un barco cubano que salió de la bahía de La Habana arrastrando el ancla que había olvidado llevar.

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