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HISTORIA VERIDICA

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En 1986 Un Jardineño vacacionaba por Kenia tras graduarse del colegio patria.

En una caminata a través de la sabana, se encontró con un joven elefante macho que estaba parado con una pata alzada en el aire. El elefante parecía molesto así que el Jardineño se acercó sigilosamente.

Se hincó, analizó la pata del animal y encontró una enorme astilla de madera incrustada.

El Jardineño sacó su navaja y con todo el cuidado del mundo, retiro poco a poco el enorme trozo de madera y al terminar, posó la pata del elefante sobre el suelo.

El elefante volteó para encarar a aquel hombre, y con una mirada un tanto curiosa lo miró fijamente durante algunos, muy tensos, minutos.

El Jardineño estaba helado, pensando solamente en el fatal destino que le esperaba.

Eventualmente, el elefante dio un sonado barritazo, se dio la vuelta y se marchó.

El Jardineño nunca olvidó a aquel elefante, ni los sucesos de ese día.

Veinte años después, el mísmo Jardineño paseaba con su hijo adolescente por el zoológico de Chicago, conforme se acercaban al encierro de los elefantes, uno de los animales volteó y se acercó lo más que pudo a donde estaban él y su hijo…

El elefante subía su pata derecha, la mostraba y la posaba en el suelo repetidamente, después soltó un gran barritazo, mirando fijamente al Jardineño en todo momento.

Añorando su encuentro de 1986, el Jardineño no pudo evitar pensar que este era el mismo elefante, entonces se armó de valor, trepó por el barandal, se metió al recinto de los elefantes y caminó directamente hacia él.

El enorme mamífero  lo miró fijamente, volvió a barritar, envolvió con su inmensa trompa una de las piernas del Jardineño, lo levantó en el aire e inmediatamente lo azotó contra el barandal, matándolo en el instante.

Probablemente, no era el mismo maldito elefante. El Jardineño murió por pendejo, ¿a quien madres se le ocurre meterse donde hay un montón de elefantes?

Esto es para todos aquellos que me envían esas tontas historias del corazón, por favor ya no manden mariconadas, esas cuéntenselas a sus mujeres…

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Sobre el Autor

Regidurías

Cita al azar

En cada derrota, hay una victoria. Por cada día de pena, hay un día de gloria, y nadie se salva de las dos caras de la moneda

— Olallo Rubio
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