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EL ASCENSO DEL PUEBLO DE TUXPAN A VILLA EN 1830

EL ASCENSO DEL PUEBLO DE TUXPAN A VILLA EN 1830

AUTOR: OBED ZAMORA SÁNCHEZ.

Todos los que tenemos la fortuna de vivir en este rincón de México, con un paisaje exuberante, un río que serpentea al corazón de la ciudad, amaneceres esplendorosos y ocasos resplandecientes de vivos colores, disfrutamos también de los personajes típicos que cotidianamente vemos, apreciamos y los sentimos muy nuestros; personajes que el tiempo ha vencido, que nunca volverán pero que siempre han quedado en nuestros recuerdos infantiles, por varias generaciones.

Para todo es una grata sorpresa que a principios de noviembre, coincidiendo con la fiesta de Todos Santos, aparece mágicamente la figura de un ancianito muy querido por todos, que carga una charola de madera con su tijera, dentro de la cual hay una campanita, unas pinzas y una singular hachita «de 30 años de edad», según nos relata su dueño, que sirve para cortar una de las más ricas tradiciones de la ciudad de Tuxpan: El Turrón. Ese ancianito es el señor Don Pedro Hernández Albino.

Nacido en 1908 allá por el rumbo del panteón viejo en la calle Galeana, Don Pedro fue un niño que acudió a la Escuela Enrique C. Rébsamen, que entonces se encontraba por las calles del Infiernillo y Zaragoza, en donde estudió la primaria elemental de 3º y 4º grado, ya que el 1º y 2º los había hecho en la cantonal Miguel Lerdo de Tejada.

 Esta calle del infiernillo después se llamó de Las Artes, y ahora lleva el nombre del ilustre Médico de Huitzizilco (Chicontepec) Dr. Zósimo Pérez Castañeda, cambiándose al final de los años 40 al Barrio de la Concordia, en Escobedo y Allende, donde ahora finalmente se encuentra. Don Pedro recuerda que atrás de la original escuela Rébsamen, en el callejón de Churubusco, los chicos disfrutaban en el recreo de las delicias de la famosa panadería de las Iglesias.

 Jugaban en todo ese barrio, incluyendo el de la Bomba, llamando así porque había un pozo muy grande del que se sacaba agua bombeándola hacia la fábrica de hielo «La Constancia» de Don Antonio Álvarez, que estaba en la calle Principal y la Calle Hernández y Hernández. Esta casa es ahora un monumento histórico sitio de una conocida discoteca.

Cuando Don Pedro salió de la escuela y siendo ya jovencito, aprendió el oficio de hojalatero con Segundo Hernández y después en el taller de Gustavo Bello, como le pagaban muy poco y a él le gustaba mucho el baile, una tarde de domingo entró a la dulcería de Don Alberto Martínez ( Abuelito de Lalo Mejía M. ) dulcero que con los años significó toda una tradición en la historia local del dulce y Don Alberto le dijo: » Muchacho, si quieres trabajar conmigo ¡ Vende Dulces!, aunque sean los domingos para que no dejes tu trabajo en el taller «; Y así fue cono Don Pedro se inició como dulcero tradicional. Vendió sus primeros dulces en $ 12.00, una cantidad fabulosa para fines de la década de los veinte.Se quedó en la dulcería y en la época de calor el señor Martínez fabricaba paleta de hielo y dejaba un poco la producción de dulces, que reanudaba entrando el otoño tuxpeño.

 La paleta de hielo y sabores de frutas eran muy deliciosas y tenían gran demanda en el verano, pero los dulces en el invierno no se quedaban atrás, y qué tuxpeño no ha saboreado un delicioso chicloso, un mostachón de coco o una cocada de color rojo con blanco ¡Caramba, qué tiempos aquellos!, por fortuna, los herederos de Don Alberto, que murió en 1975, continúan la tradición que aún vemos en algunas esquinas del centro citadino, con las vitrinas de estas delicias, el dulce de leche y los de fruta de papaya verde y calabaza, las galletas de mantequilla, pay de leche con canela y los polvorones agrosellados!.

En 1930 Don Pedro cambió de giro y tuvo la suerte de conocer al comerciante español también dulcero Modesto Sánchez «el Gallego» (papá del güero Modesto, ex gerente del cinema Hollywood y ahora en los cinemas Tuxpan) quien le enseñó el arte de procesar turrón y desde ese año los tuxpeños comemos turrón criollo. Al principio, lo hacía en una paila de cobre, pero al paso del tiempo lo cambió por cacerolas de peltre del «bueno».

La miel de azúcar al tornarse en una pasta blanduzca a fuego manso, se pasaba por un amasado como si fuera el de un alfeñique y después se colorea por partes: el blanco lleva anís o bien esencia de coco, al rojo se le pone grosella y al café, chocolate, además se adornan con pasitas antes de enfriarse y cristalizarse «a punto de turrón», estando ya lista para cortarse con la famosa hachita de Don Pedro.

Él despacha en su tablero raciones de a peso para arriba y es el deleite de muchos de sus novedosos clientes que ya esperan desde el comienzo de la fiesta de los muertos o poco después, dependiendo de cómo esté la temperatura nos dice “si hace calor me espero hasta que se ponga templado o comiencen los frío…»

Y así trabaja su turrón hasta Marzo o Abril para regresar en la primavera y el verano a las raspas de hielo, porque el negocio de la paleta helada se acabó cuando falleció el Sr. Martínez, a quien apreció mucho y fue su fiel empleado.
Don Pedro ha perdido casi su voz que ya es muy débil por su avanzada edad, por ello ahora trae la campanita y su grito de turronero se ha extinguido, más su delgada figura ya es familiar y todo el mundo dice cuando la ve, ¡Mira ahí viene el turrón! y ya le compran

Por las mañanas » despacha « en la esquina de las Brisas un famoso Bar en la Esquina de Ocampo y Lerdo, y de ahí se regresa para las colonias Escudero, Miguel Alemán y hasta la Azteca; » Al Centro no vengo – Nos dice – más que a los bocolitos y mi cafecito en las mañanas y a merendar por las tardes en el 303 « Conocido restaurante frente al mercado municipal.

Padre de 2 hijos y de 7 nietos que lo adoran, Don Pedro es viudo desde 1968 » cuando las olimpiadas» recuerda. Ninguno de sus herederos sabe el oficio por lo que la tradición dulcera tan típica de nuestro personaje, aquí podría terminar, pero por fortuna otros están recogiendo la estafeta y ya vemos a más de un turronero vendiendo su exquisito producto en el centro de la ciudad…

Él es un viejito feliz, vivaracho y muy lúcido a sus casi 90 años, ilumina con su delicioso tablero el paisaje urbano para el deleite de los tuxpeños.

 

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